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Los toros de Jarama, Don Quijote y el valor de la libertad

  • Foto del escritor: Luis Eduardo Brochet Pineda
    Luis Eduardo Brochet Pineda
  • 13 nov 2024
  • 4 Min. de lectura

En el capítulo 58 de la segunda parte de la magna obra de Don Miguel de Cervantes Saavedra, VIDA y HECHOS del INGENIOSO HIDALGO D. QUIJOTE DE LA MANCHA, aparecen estas lecturas deliciosas:


“Dos veces repitió estas mismas razones, y dos veces no fueron oídas de ningún aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejor en mejor, ordenó que de allí a poco se descubriese por el camino muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos de ellos con lanzas en las manos, caminando todos apiñados de tropel y a gran prisa. No los hubieron bien vistos los que con don Quijote estaban, cuando, volviendo las espaldas, se apartaron bien lejos del camino, porque conocieron que si esperaban les podía suceder algún peligro; solo don Quijote, con intrépido corazón, se estuvo quedo, y Sancho Panza se escudó con las ancas de Rocinante.


Llegó el tropel de los lanceros, y uno de ellos, que venía más delante, a grandes voces, comenzó a decir a don Quijote:


-       ¡Apártate hombre del diablo, del camino, que te harán pedazo los toros!  

-       ¡Ea, canalla, respondió don Quijote, para mí no hay toros que valgan. ¡Aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines, así, a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado, si no, conmigo sois en batalla.


No tuvo lugar de responder el vaquero, no don Quijote lo tuvo de desviarse, aunque quisiera, y así, el tropel de los toros bravos y el de los mansos cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar los llevaban a un lugar donde otro día habían de correrse, pasaron sobre don Quijote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en tierra, echándoles a rodar por el suelo. Quedó molido Sancho, espantado don Quijote, aporreado el rucio y no muy católico Rocinante; pero, en fin, se levantaron todos, y don Quijote, a gran prisa, tropezando aquí y cayendo allí, comenzó a correr tras la vacada, diciendo a voces:


-       ¡Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera, el cual no tiene condición ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que huye, hacerle la puente de plata”!


Este pasaje del Quijote, data de inicios del siglo XVII y podríamos especular que aún no se lidiaban toros de a pie; sino que era muy frecuentes los festejos populares corriendo los toros por las calles de aquellos pueblos o celebrando cualquier acontecimiento (Bodas, visita de un Rey, bautizos, fiestas religiosas, etc.), con corridas de toros a caballo, dónde los nobles y señoritos practicaban desde tiempo atrás este arte. Muy posiblemente, ese encierro iba para un corral de algún pueblo cercano, se dice que posiblemente Castejón de Monegros, por la ruta aragonesa que narra Cervantes, y en esa trashumancia, se toparon con Don Quijote y Sancho.


De nuevo, especulando un poco sobre el lugar que menciona Don Quijote, la ribera del rio Jarama, es probable que se refiera a los toros que en ese entonces hacen referencia a una casta fundacional que era la Casta Jijona y de la Tierra, toros coloraos con mucho genio que dio origen a la ganadería de ALEAS (Los de Aleas ni los veas); o también posiblemente, por la ruta de la trashumancia, se tratara de los toros de la casta fundacional de NAVARRA; toros también coloraos, picantes y bajos, muy apetecidos en festejos populares, que hoy el ganadero Miguel Reta, trata de devolverlos a su antiguo esplendor, con su ganadería Reta de Casta Navarra.   


Un poco antes de aquel tropelín que arrolló a caballo, caballero y escudero, Don Quijote y Sancho conversaban animadamente, mientras seguían el camino de Zaragoza:


“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones, que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.


Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”


Indudablemente, la libertad es el más preciado de los derechos. Por la libertad han muerto millones de personas en la historia conocida del mundo; por la libertad han caído satrapías, monarquías y principados; por la libertad y la opresión nace el dogma de la fe católica y aún luchan muchos pueblos perseguidos. La libertad es fuente y soporte de las democracias y debe predicarse con respeto a minorías, mayorías y la multiculturalidad, con hechos explícitos y no con teorías o discursos.


En Colombia, el pasado mes de mayo un grupo de congresistas, con dudosa legitimidad y pobre argumentación, además de un sorprendente fanatismo ecológico, expidieron una ley en contra de las libertades y de la cultura ibérica  que nos aglutina: prohibir las corridas de toros. Una de sus más fervientes promotoras, la senadora Esmeralda Hernández, con evidente ignorancia supina sobre la tauromaquia y la crianza del ganado bravo nos dice: “En cuanto a los toreros, algunos están en la cárcel, otros ya murieron, eso está muy depurado”. Como siempre, la ignorancia y la violencia conllevan a la tiranía y a los abusos del derecho o de las posiciones de un gobierno; por ello, vimos en el pasado mes de junio actos vandálicos protagonizados por un alcalde de Duitama, investigado por corrupción, acompañado de otro funcionario público de iguales credenciales, vandalizar y destruir un monumento nacional erigido a la vida y obra taurina del maestro César Rincón Ramírez.


Lamentable que en una democracia del siglo veintiuno ocurran estas conductas criminales y resurjan estas ideologías fascistas llenas de resentimiento y con olor de fracasados. Afortunadamente para estos vándalos, Don Quijote estaba lejos y no pudo, esta vez, pegarles un estoconazo en lo alto con su lanza.


*Economista y Abogado.

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